PARROQUIA VALVANERA
                                   
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Marcos 10, 35-45

 

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

  Comentario Bíblico de Fidel Aizpurúa, OFMCap

 

CALENDARIO 2006

TIEMPO DE ADVIENTO

28 Noviembre-24 Diciembre

TIEMPO DE NAVIDAD

24 Diciembre-9 Enero

TIEMPO ORDINARIO I

10 Enero-27 Febrero

Domingo 2º T. Ordinario
Domingo 3º T. Ordinario
Domingo 4º T. Ordinario
Presentación del Señor
Domingo 5º T. Ordinario
Domingo 6 º T. Ordinario
Domingo 7 º T. Ordinario
Domingo 8 º T. Ordinario

CUARESMA/SEM. SANTA

28 Febrero-14Abril

PASCUA

15 Abril-24 Junio

TIEMPO ORDINARIO II

25 Junio -27 Noviembre

 

              El presente texto desvela una de las estructuras más profundas de lo humano: el afán del triunfo individualista que se desentiende de la suerte de los demás. El pasaje resulta más estridente al estar a la sombra del tercer anuncio de la pasión, profecía de la vida entregada de Jesús. Este afán de los hijos del Zebedeo muestra la ambición y el incontenido deseo de privilegio que hace desentenderse de la suerte de los demás destruyendo la comunidad. Justo en la dirección opuesta va el planteamiento de Jesús: lo propio del seguidor habría de ser una entrega en beneficio del grupo, un darse a la comunidad que la pone fuera de cualquier peligro. El Evangelio pone luz en las intenciones más ocultas de la estructura humana. Es su labor curativa.

              Esas intenciones quedan expresadas sin pudor en el afán de los hijos del Zebedeo (vv.35-37). Notemos que es el sector del discipulado más tradicional, el que guarda más intactas sus ambiciones. Siempre, hasta el final, estarán al acecho de la oportunidad porque no terminan de abandonar la idea de lucro como el motivo decisivo a la hora de hacer camino con Jesús. Pero él les habla de aceptar una muerte tan voluntaria y tan inevitable como la suya. Es decir, la entrega de la persona tiene que salir del corazón y ha de encajar las situaciones débiles de la vida sin huir de ellas. Una entrega que está hecha de corazón y lucidez, de vigor interno y de correcta situación ante la historia  (v.38). “Beber el cáliz” no hace relación a una amargura particular sino a la vida como tal en su dureza y en su hermosura también. Pero en cualquier caso, beber esa copa, asumir la historia, habría de hacerse alejando todo afán de superioridad, porque eso la apartaría de la orientación que Dios quiere dar a la vida, la de la plenitud y salvación. Lo grave de los dos hermanos no es su ambición sino su comprensión de la vida fuera de los parámetros del Reino.

              La asignación de puestos (vv.39-40) depende de la respuesta ante el tremendo test de la cruz, del precio pagado a la debilidad de la historia. De la capacidad de respuesta para la lucha, de la acogida y del afán por transformar lo débil de la historia, depende que uno tenga o no un puesto en el Reino. Los discípulos tienen que entender que Jesús no es patrón de nadie sino intermediario de cara al Reino. No han de andar pidiendo favores sino trabajar la adhesión, llegar a andar el mismo camino que Jesús.

La ambición rompe la comunidad y genera división en el grupo creyente (v.41). La fragmentación de las tribus de Israel que provenía de la ambición (1 Re 12) sigue dándose en el grupo de los Doce porque la ambición es la misma. No se ha aprendido a “mirar por los débiles”,  que es la prueba final de que se ha llegado a captar el dinamismo comunitario del seguimiento (Cf Rom 15,1).

              La dura descripción de los regímenes paganos (no imbuidos de los criterios fraternos) es un aviso para navegantes: no se puede entender el Reinado de Dios en la clave opresora con la que funcionan habitualmente los estados del mundo. Si se desea mandar, siempre acechará el peligro de la opresión (v.42). Por eso, el camino seguro a seguir es el del servicio. Con toda claridad se propone, en contraste, la actitud de quien entiende bien el dinamismo del Reinado de Dios: la grandeza en él se logra por el camino del servicio fraterno (v.43) Queda así excluida toda relación de dominio porque una mentalidad igualitaria es requisito obligado para una actitud servidora.

              Las relaciones de dominio se rompen cuando uno se hace siervo de todos, ya que esa “servidumbre” no es una humillación sino una valoración exacta de la persona (v.44). Por eso mismo, quien sirve también crece, ya que los valores de aquellos a quienes se sirve se constituyen en patrimonio común. Y la razón última de esta actitud de servicio que enriquece a todos y no empobrece a nadie es Jesús (v.45). Él no ha exigido para sí ninguna superioridad ni ha reclamado ningún servicio. Por el contrario, el dinamismo de su acción salvadora ha sido el servicio y la entrega de su vida. Con eso se nos ha rescatado (1 Cor 7,23); con eso mismo se ha de construir la comunidad de seguidores. Entregarse al otro por amor ha de ser la única razón que mueva al rescate, no su nivel social o las posibilidades de ulterior recompensa. Un rescate movido por un amor que ha aprendido a no esperar que se le pague; así habría de ser el amor del discípulo hacia los demás.