Sueños de vida

Relato escrito por Laura Aguilar Pascual , grupo de JUFRA de esta Parroquia, que ha sido galardonado con el Primer premio del Concurso Literario Manuel Villegas de Nájera.

 

SUEÑOS DE VIDA

 

La puerta estaba cerrada. Tenía miedo de entrar. Únicamente tenía que mover la manilla y estaría adentro, pero… ¿de verdad quería entrar? Sí, claro que quería, además se lo debía, si yo no…Lo que pasó… pasó, y no había vuelta de hoja; por muchas vueltas que le diera, las cosas no iban a cambiar… pero si yo no le hubiera llamado…quizás… ¿Por qué no abría de una maldita vez esa puerta?...Tenía ganas de echar a correr, como siempre, no aguantaba más. Odiaba ese olor, me estaba ahogando, era mejor que me fuera, mejor… lo mejor era que volviera otro día… ¡No! ¿Otra vez me iba a dar media vuelta? ¿Cuántos días había hecho eso? Había perdido la cuenta. Tenía que entrar. Abrí la puerta.

¿Pero qué había hecho? Ojalá no hubiera sido él quien estaba en esa cama. Tanto tubo, tanto ruido… tanto silencio. ¡Qué angustia! Tenía ganas de llorar y no salía ni una lágrima… no podía… ¡Qué agobio! ¡Qué sensación más…! Necesitaba gritar, tenía que gritar, ¡Quería gritar! Quería que despertara, quería volver a hablar con él.

- ¡Despiértate joder! Deja las bromas ¡Dios! ¿No te estás dando cuenta de que estoy arrepentida? Ya estoy aquí, ya he entrado, ya no me voy a ir. Sabes ¡Ojalá fuera yo la que estuviera allí! ¿No ves que te necesito a mi lado?

 

- ¡Ah! Buenas tardes, Lucy. Veo que por fin has decidido entrar. No ha habido ninguna mejora, sigue igual. Su cerebro no da muestras de querer recuperarse, es… es como si hubiera dejado de luchar. Los médicos ya no saben que hacer. Esperar, eso es lo que dicen, que esperemos… ya no sabemos de donde sacar fuerzas…

- Venga, Pablo, no digas eso. Ahora que ya he entrado, no pienso separarme de su lado. Yo… Pablo… yo quería deciros que… que lo siento mucho, que toda la culpa es mía que él está así por mi culpa, no debería haber pasado, soy la única culpable de su estado, no debería haberlo llamado, así aquel coche no…- comencé a llorar- ojalá fuera al revés, si me hubiera pasado a mí y no a él sería yo la que estaría ahí tumbada rodeada de tubos…

- Lucía, no te martirices, tú no tienes la culpa de nada. Al revés, estaríamos en las mismas y tampoco arreglaría nada. Tú eres, y digo ¡eres! muy importante para él. Sé…sé que es una idea descabellada, pero Merche está convencida de que tu presencia puede ayudar mucho, y que quizás consigas que sus ojos vuelvan a abrirse.

 

Pablo me dejó a solas en la habitación. Pablo y Merche son sus padres. Fui yo quien los avisó cuando ocurrió y he estado con ellos desde entonces. Me han visto todo este mes, venir todos los días y quedarme paralizada delante de la puerta, sin poder abrirla. Sentía como si les estuviera traicionando, pero el miedo me invadía. Estoy segura de que él no hubiera dudado tanto.

 

- ¡Lucy, querida! Dame dos besos ¡Qué alegría que hayas entrado!.. Hijo mío, ¿cómo estás? Ojalá me abrieras los ojos un poquito… en fin, no importa. ¿Has visto quién ha venido? Te dije que entraría tarde o temprano… Lo siento Lucy, se lo tuve que contar, los médicos dicen que escucha lo que decimos, aunque no nos responda… Hijo, ¡te hemos traído una sorpresa!

 

La puerta se abrió de nuevo. Unos pasitos cortos entraron corriendo en la habitación.

 

- ¡Tato! Joeee, que feo que estás. Podían haberte puesto más guapo, que ha venido Lucy

- Hola Miriam. ¿Qué tal estás, pequeñaja? ¿Y esas coletas que llevas?

- Me las ha hecho mi mamá. Queria venir guapa para ver al tato...

 

Miriam es su hermana pequeña, tenía cinco años. Su menudez y desparpajo hacían que se te cayera la baba nada más verla. Tenía una cara de ratón, con los ojitos azules, pequeños y brillantes que resaltaban con la blancura de la habitación. Le faltaba un diente, lo cual le daba un aire aún más gracioso y simpático.

Miriam cogió la mano de su hermano lo más fuerte que pudo y le susurró algo al oído, lo miró con detenimiento a sus ojos cerrados y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Soltó la mano de su hermano y se aferró a su cuello como un náufrago a una tabla.

- Hija, ven. ¿Por qué lloras?

- Es que lleva mucho tiempo dormidito y se le van a gastar los sueños.

 

La frase de la niña nos hizo a todos pensar en la incomprensión que sentía y sin embargo, la simpleza a la que había reducido el problema.

 

-Miriam, ven conmigo- le dije- ¿Qué te parece si ayudamos a tu hermano para que sus sueños nunca se acaben?

- ¿Cómo? Quero ayudar a mi tato, le echo de menos, pero yo no quiero que sueñe ¡Yo quiero que se desperte!

La niña rompió a llorar desconsoladamente y se asió a mi brazo.

- Miriam, escucha, yo también prefiero que se despierte, pero ¿a qué tú cuando te levantas por la mañana el último sueño que recuerdas ha sido algo alegre?

-sí

-¿Ves? Y cuando tienes sueños malos, mamá te despierta y te dice que te vuelvas a dormir que vas a tener dulces sueños, ¿verdad?

- ¡es verdad!

-Pues eso es lo que tenemos que hacer. Tenemos que ayudar a tu hermano a que sueñe cosas bonitas para que despierte con una sonrisa de oreja a oreja, ¿Qué te parece?

 

¡Menuda chorrada que acababa de decir! Pero ¿Qué le decía yo a esta niña? ¿Que a su hermano le funcionaba poco el cerebro, que estaba en coma profundo y que lo más probable era  que llegaría un día en que ya no existiría la mínima posibilidad de que volviera a abrir esos ojos marrones? No, yo no podía hacer eso. Me obligué a mi misma a creer en esa absurda idea. Miriam me sacó de mis pensamientos.

-Vale, lo haré… pero, ¿cómo?

La mirada atenta de sus padres me hizo dudar. No había pensado en cómo, simplemente había intentado salir del trago. Se me ocurrió una idea aún más absurda que la anterior.

 

- Hay… hay que contarle historias, hasta que una le guste tanto que despierte.

 

Miriam se sentó a mi lado y me cogió la mano. Con la otra, no sin mucho miedo, logré estrechar la mano fría y sin sentimiento de la persona que no podía soñar.

No sabía qué decir. Miré a sus padres y un halo de esperanza apareció en sus tristes y devastadas miradas.

Cerré los ojos y me aferré a esa idea sin sentido que hacía unos minutos había pronunciado tan confiadamente. Sin darme cuenta, las palabras empezaron a brotar de mi boca y mi imaginación se liberó en aquella habitación, llenándola de luz y calor.

 

 

 

 

EL GUARDIÁN DE LA CAJA

 

En un poblado del África occidental, un niño intentaba sonreír ante la mujer que, mortalmente herida, yacía en el suelo de la plaza donde, tantas veces, había ido a pasear.

El niño, con los brazos alrededor del cuello de su madre, le susurraba al oído las palabras de amor y cobijo que un niño pequeño puede albergar.

La madre, aguantando las ganas de gritar y viendo que nada ni nadie podría cambiar aquel final al que su destino le llevaba, le dijo a su hijo con el último aliento:

- Yuko, hijo mío, debes dejarme aquí. Coge mi colgante ¡póntelo!, te dará suerte para encontrar tu camino, y también esta caja que llevo en el bolsillo, en ella está lo más importante de esta vida, pero solo podrás abrirla cuando estés preparado.

 

Después de estas palabras, ella murió. Yuko, con un dolor imposible de explicar con palabras, cogió el colgante y la caja y echó a correr fuera del peligro. A su espalda, le pareció ver una luz extraña pero se dijo a sí mismo que sería el fuego que quemaba las casas del poblado.

 

Pasaron muchísimos años, la guerra terminó y Yuko, gracias al colgante, encontró su camino. Se casó con una mujer preciosa y tuvo un hijo varón fuerte e inteligente. Como todo le fue bien, abandonó en un cajón la caja y nunca la abrió.

 

Muchas generaciones vinieron, y tal y como llegaron, se fueron. Pero la caja siguió allí, en un cajón, esperando a que alguien la encontrara.

 

Miles de años después, Rebeca decidió comprar la casa. Rebeca era una voluntaria de la ONU que había llegado a ese poblado para ayudarles a beneficiarse de sus recursos y a mejorar la vida de los habitantes del poblado.

 

Esa casa tenía algo que no tenían las demás. Quizá era la más vieja del poblado y de las más pequeñas, pero algo mágico atraía a la gente a pasar por ella todos los días y quedarse mirándola anonadados.

 

Rebeca se instaló y decidió que sería allí mismo donde atendería a la gente del poblado en cuantos problemas tuvieran.

 

Una noche, en la que el calor y los insectos no la dejaban dormir, se puso a dar vueltas por la casa. Encontró dibujos de niños debajo de una tabla y al pasar por una mesita con un cajoncito diminuto, oyó como si una voz la llamara. Una voz vieja, antigua, que decía cosas en un idioma que ya no existía y que no había escuchado nunca. Esa voz cada vez se hizo más fuerte. Era dura y solemne pero transmitía dulzura y esperanza.

 

Rebeca, aunque con miedo, decidió abrir el cajón. Un polvo denso cayó al suelo y un destello como si de una pequeña estrella consumiéndose se tratase, le quitó cualquier miedo que pudiera tener.

Metió la mano en el cajón y sacó un colgante y una caja. El colgante aunque tosco y sin ningún valor, era de una hermosura considerable, como ninguna gema o piedra preciosa podría alcanzar nunca. La caja era una simple caja de madera, con un símbolo que no comprendía en la tapa.

 

Un poder sobrenatural emanaba de los dos objetos. Rebeca limpió el colgante y se lo puso. Sintió como si ya nada fuera importante, como si todo fuera mucho más fácil de lo que había supuesto y el sueño la inundó.

Cogió la caja y se metió en la cama, y esa noche soñó con historias antiguas y un sentimiento de alivio la veló.

Pasaron los años y Rebeca no se separó ni de la caja ni del colgante. Ayudó al pueblo a levantar un puente para poder pasar el río, les enseñó técnicas nuevas de cultivo, creó una escuela y pasó consulta a todos los habitantes.

Le sobró tiempo para poder investigar acerca de ese colgante y de esa caja de los cuales nunca se separó.

El Zulú del pueblo, después de muchas pegas, le habló de la leyenda del Guardián de la Caja, le habló de Yuko y de su madre y de todas las generaciones que habían ignorado la existencia de la caja hasta ese momento.

-¿Y por qué nunca se abrió la caja?- preguntó Rebeca.

- Uno no abre la caja, es la caja la que decide quién puede abrirla. Por eso, todo aquel que la encuentra, tiene el deber de custodiarla, hasta que encuentre a la persona a la que debe abrirse. Está íntimamente unida al colgante, quien guía al Guardián a encontrar a esa persona.

 

Rebeca empezó a llevarse muy bien con el hijo del Zulú. Éste le contó que él iba a ser el próximo Zulú, cuando su padre muriera. Su abuelo y su padre le habían enseñado todo lo que necesitaba saber. Además tenía un don: podía ver el espíritu de las personas.

 

Los dos comenzaron a necesitarse el uno al otro. Cuando terminaban las tareas del día, Rebeca y él se iban a dar largos paseos por las afueras del poblado.

 

Y así pasaron muchos años. Rebeca se dio cuenta de que era la única persona en la que podía confiar ciegamente y él único al que podía mirar directamente a los ojos, unos ojos negros azabache que le provocaban una sensación de tranquilidad y paz que nunca antes nadie le había hecho sentir.

 

Un día el  hijo del Zulú fue al bosque porque había decidido enseñarle a Rebeca cómo era su espíritu.

 

Pasaron los días y él no daba muestras de volver. Rebeca no podía aguantar esa espera sin tregua. Necesitaba verle, le daba igual cuál fuera su espíritu. Se dio cuenta de que le necesitaba a su lado y que el no tenerlo le provocaba una angustia infinita.

 

Esa noche, las gentes más cercanas a su casa, aporrearon la puerta de madera. Cuatro hombres llevaban en alto el cuerpo herido del hijo del Zulú.

 Rebeca sintió que algo en su interior se rompía y resquebrajaba, chirriaba y cortaba como miles de cristales clavados a conciencia en su cuerpo. Algo frío que le invadía de pies a cabeza y que, a pesar de tanto dolor, no podía gritar, no podía hablar, no podía llorar.

 

Supo que cualquier cosa que hiciera sería inútil y cogiendo al hombre de las manos, acercó su mejilla a la suya y se tumbó a su lado y deseó con todas sus fuerzas que fuera ella quien muriera y él quien viviera, deseó con todas sus fuerzas que nada hubiera pasado, deseó poder quedarse con él en ese estado para siempre.

 

De repente, la voz de la caja de madera comenzó a sonar, una canción en esa lengua antigua se entonó y lentamente la caja se abrió. El colgante comenzó a brillar y Rebeca sintió como algo caliente y suave la inundaba por dentro y le reparaba ese dolor que sentía. Se sentía recompuesta y con ganas de levantarse y salir volando, e intentó traspasar ese sentimiento al hijo del Zulú

Después un vacío inmenso la inundó de arriba abajo, pero al contrario de lo que pensaba, se sentía bien, a gusto, y la esperanza rozó su corazón. Cerró los ojos y apretó con más fuerza las manos de la persona que más le importaba.

Cuando los abrió, vio al hijo del Zulú a su lado, pero ya no era él. Su cuerpo ya no era el mismo. Era un hermoso león de brillante pelaje, fuerte y robusto, altanero y orgulloso y ella se dio cuenta de que su forma corporal también había cambiado y de que también era una leona. Ahora entendía por qué necesitaba a su lado al hijo del Zulú.

Se sonrieron y unieron, por primera vez, sus hocicos, como si de un beso se tratase. Una fuerza sobrehumana les arrastró hacia  la caja y cuando sus espíritus se introdujeron en ella, la caja se cerró.

La gente del poblado no sabía que hacer. Habían visto cómo Rebeca, en vez de ayudarle, se había tumbado junto a él y había muerto a su lado, como si hubiera decidido cortar el hilo de su vida.

 

Solo un niño y el Zulú vieron lo que en realidad había pasado. El niño se acercó lentamente al cuerpo sin vida de Rebeca y le quitó el colgante con sumo cuidado y se lo colocó en el cuello, y con la misma ceremonia, recogió la caja. Mirando al resto de personas que estaban en la casa, dijo:

- Soy el nuevo Guardián de la Caja.

 

- Luciita, ¿entonces el Zulú y Rebeca vivieron juntos para siempre?- me preguntó Miriam

-Claro que sí, y el niño va a cuidar de que así sea y de que el siguiente elegido pueda hacerlo.

-Joeee, yo también quiero una caja, así podré guardar allí todos mis sueños felices para traérselos al tato.

 

Todos volvimos a la realidad. Por un momento, mientras duró mi relato, nos trasladamos a África y vivimos, como si fuéramos una parte más, esa historia; pero, ahora, como quien tiene una pesadilla, volvimos a ver que por muchos cuentos, historias y sueños que le contáramos no iba a despertar.

 

Conseguí convencerles para que se fueran todos a casa y yo me quedé esa noche en esa habitación. No dije nada, ni una palabra, pero tampoco me quedé dormida.

No pensé en nada, pero mi corazón deseaba que esa caja de mi relato existiera y que me concediera el deseo de volver a verle como antes.

 

Pasaron muchas noches más.

Todas las tardes nos reuníamos en aquella habitación y contábamos cuentos. No hacía falta que fueran inventados, Miriam, le leía los cuentos que le mandaban en clase, y su madre le contaba los cuentos que le relataba de pequeño para que se quedara dormido.

 

El día de su cumpleaños conseguí reunir a todos sus amigos y a todos sus familiares. Hacía ya un año que estaba en esa cama y, sin embargo, aunque cada vez más pequeña, la llama de la esperanza seguía brillando en nuestros corazones.

Todos estábamos en silencio, pensando en el tiempo que había pasado, en lo que nos hubiera gustado decirle y en lo que no, en lo que hubiéramos hecho para cambiar lo que pasó y en lo que haríamos si despertara. Era como si estuviéramos en su entierro pero con el ruido del respirador encendido.

Fue Miriam quien nos sacó de esos pensamientos poniéndole en la cabeza un gorro de cumpleaños y un antifaz y comenzando a cantar a voz en grito el Cumpleaños Feliz.

Fue una velada inolvidable, fue como si él hubiera estado en perfectas condiciones.

Llegó el otoño de nuevo, y aunque una parte de mí me decía que no debía abandonarle, la otra me apremiaba a seguir con mi vida. Al final, hice caso a mis padres y me marché a estudiar fuera.

Aunque no estaba con él, llamaba todos los días para saber sobre su estado y les rogaba que, si despertaba, me llamaran.

Yo rehice mi vida, aunque nunca le he llegado a olvidar, siempre ha estado ahí, junto a mí.

Mis llamadas se hicieron cada vez más irregulares hasta que ya solo llamaba en fiestas o en su cumpleaños.

Después de casi siete años, volví a Logroño. Llamé por teléfono y me dirigí a la habitación del hospital que tantos secretos y sueños míos había conocido.

Allí estaba él, igual que siempre. Como si los años no hubieran pasado por él, aunque la enfermedad y el estar postrado tanto tiempo en esa cama, le habían debilitado completamente.

Al verle, volví a sentir todo aquello que la distancia había ocultado en lo más profundo de mí ser y que nosotros mismos nos habíamos ocultado aunque siempre supimos todo el uno del otro.

Me dejaron a solas con él, y por primera vez, después de tanto tiempo, comencé a llorar sin consuelo alguno.

Sabía lo que tenía que hacer. Sabía que yo era la única persona que podía hacerlo. Sabía que era la única persona con el suficiente miedo como para poder llevar a cabo tal acto de valentía.

Me levanté y le abracé lo más fuerte que pude. Deseé con todas mis fuerzas que ese abrazo le llenara de la suficiente vida como para que despertara.

Pero no fue así.

 

Mis lágrimas mojaron su rostro y sus ojos, de tal forma que si alguien hubiera entrado en ese momento o si fuera una persona demasiado ingenua, hubiera pensado que aquella persona tumbada en la cama estaba llorando.

Me acerqué aún más y le susurré al oído:

-Esta es la historia de dos chicos que siendo niños, quisieron jugar a ser mayores, y no fueron capaces de decirse lo que realmente sentían. Esta es la historia de dos gatos callejeros que se encontraron sin querer y nunca más se volvieron a separar. Esta es tu historia y la mía, y como en las grandes historias, llega un momento en que cada personaje continúa la suya. Compartimos un pasado pero ahora nuestros caminos se bifurcan. La mía continúa con tu recuerdo, la tuya es la aventura más trepidante que el ser humano puede alcanzar.

 

Y lo hice. Lo hice. Yo fui, sí, yo lo hice. Lo desconecté. Corté toda posibilidad artificial de que despertara.

Le volví a abrazar y sentí como los latidos de su corazón se hacían cada vez más lentos, hasta que se apagaron.

 

Siempre viviré con ese sentimiento, de angustia acumulada y descanso final.

 

Todas las noches sueño con el pequeño regalo que me brindó él aquel día: fui la única persona que escuchó y sintió el último latido de su corazón.